
Era un hombre terriblemente eficaz en su trabajo. Por consiguiente, era neurótico, egocéntrico, pomposo y carecía totalmente de sentido del humor. No le gustaba nada ser sorprendido en un renuncio. Y yo no sólo le sorprendí en un renuncio, sino que le salvé de una situación muy embarazosa. No me lo perdonó nunca.
Dirigía la más secreta de las agencias secretas de los Estados Unidos. Una institución, además, que es particularmente feroz en sus métodos de investigación y resolución de los problemas, y que ha pisado muchos callos en su larga y fructífera historia. David Gardner era, probablemente, el ciudadano mejor protegido de los Estados Unidos después del presidente. Su montaje de seguridad era discreto, eficaz, rápido y absolutamente implacable. Tengo motivos para saberlo.
Una protección así tiene graves inconvenientes para la esfera privada del ciudadano. Especialmente cuando el protegido es el propio ciudadano y su carne es débil. Algún defecto tenía que tener Gardner.
Aunque no conozco bien la historia, porque sólo intervine en ella al final del episodio, por lo que deduzco, Gardner decidió un buen día, hace algún tiempo, dar rienda suelta a la debilidad de su carne. Por métodos de seducción que desconozco, se hizo con los entusiastas servicios amorosos de una dama. Su problema fundamental debió ser la discreción con que tenía que desarrollarse su interludio sentimental. No hay más que conocer a su mujer para comprender que, con ella, las consecuencias del descubrimiento de una infidelidad matrimonial hubieran podido ser, cuando menos, violentas. Imagino que debió consultar su dilema con algún amigo íntimo y que le pidió la llave de su apartamento. Evidentemente, su amigo no podía dejarle el piso, por lo que debió ofrecerle pedírselo a un tercero, al que, supongo, convenció.
