
Armado con su llave y las más aviesas intenciones eróticas, Gardner citó a la dama en cuestión en el apartamento. A las dos y media de la tarde salió de su despacho y, protegido por su numeroso retén de guardaespaldas, se dirigió hacia el lugar de la cita. La dama le esperaba en la puerta de la calle. Momento agudamente embarazoso, que los guardaespaldas resolvieron examinándose atentamente los zapatos e incrementando el nivel de su vigilancia de la esquina y de la casa de enfrente.
Los amantes subieron entonces al apartamento, ante la mirada impávida del portero. La primera sorpresa se la debió llevar Gardner al comprobar que, sobre una mesa del salón, presidía firmemente los acontecimientos una fotografía, sacada por mi hermano, de Marta y de mí el día en que nos casamos. Sospecho que mi moralidad no es todo lo estricta que sería de desear y que la culpa de todo el embrollo fue mía por permitir que se utilizara mi apartamento como lugar de esparcimiento amoroso. Qué le vamos a hacer: nadie es perfecto en la vida.
Para entonces, la concupiscencia de Gardner había, evidentemente, sobrepasado los límites de lo razonable y decidió seguir adelante con su aventura. A juzgar por cómo me dejaron la cama, debió ser una sesión bastante apasionada. Con su maravillosa risa colgada de los ojos, Marta no me lo perdonó nunca.
Lo cierto es que no consideré necesario explicarle a nuestro común amigo, el intermediario de la llave, que llevábamos meses pidiendo al portero que mandara arreglar el bidé del cuarto de baño: nadie que abriera la llave del agua sabría cómo cerrarla; una lata, pero había que conocer el truco. La dama de la aventura evidentemente decidió utilizar el bidé con vigor y mucha agua. No necesito imaginar la escena, después de que la señorita en cuestión decidiera volver a la cama y abandonarse lánguidamente en los amorosos brazos de Gardner. Me pregunto si éste se había quitado las gafas. El agua siguió manando, inundó el cuarto de baño, empapó los pantalones de Gardner, abandonados en el suelo en un momento de aguda impaciencia, y empezó a correr por el dormitorio.
