Aunque ya era bastante tarde, yo seguía en la oficina, terminando de recoger unos expedientes. Sonó el teléfono de mi mesa. Lo descolgué y dije:

– Rodríguez. ¿Quién habla? -Al principio no se oyó más que una sucesión de suspiros asmáticos y de ruidos entrecortados-. Si ésta es una llamada obscena, pienso colgar y avisar a la policía. Venga, ¿quién habla?

– Christopher…

Apenas un murmullo ronco y rasposo. Mi interlocutor carraspeó.

– ¿Quiénes?

– Oiga, Rodríguez…

– Si no habla usted más alto, no le puedo oír. Carraspeó.

– Oiga, Rodríguez -un poco más alto-. ¿Sabe usted quién soy?

– ¿Señor Gardner?

– Sí, claro.

Un toque de impaciencia. Genio y figura hasta la sepultura. -Señor Gardner.

– Esta historia le va a parecer mentira… pero… este… yo… ejem… me temo que estoy en su piso.

– ¿En mi piso? -Me acababa de enterar de para quién había sido hecho el préstamo de la llave. Pero no lo pude resistir-: Y, ¿qué hace usted en mi piso, señor Gardner?

– Mire usted, Christopher… -Más impaciencia-. Le necesito aquí con urgencia.

– Señor Gardner, señor Gardner, me da la impresión de que tiene usted problemas con mi bidé. -En esta frase puse toda la frustración de años de aguantarle. Hice mal. Lo pagué durante tiempo-. Ahora mismo voy.


No les hubiera visto si no hubiera reconocido a Markoff.

Paseaba por la acera de enfrente, leyendo un periódico, en el momento en que yo llegaba al portal de mi casa. Entré sin detenerme. Si Markoff rondaba por allí, el resto de su equipo de asesinos no debía andar muy lejos; son tan buenos profesionales que los guardaespaldas de Gardner ni los habían detectado aún. Con su aspecto de americano medio, Markoff no puede evitar dar a sus operaciones un cierto aire de exhibicionismo personal. Es como Hitchcock: si no aparece en escena, cree que ha dejado incompleto el plano.



15 из 290