
Miré distraídamente los titulares del periódico.
– ¡Dennis! ¿Está el café? -grité.
Justo detrás de mí, contestó en voz muy baja:
– El maestro está servido. Alabado sea Alá. Una mañana normal.
Hubiera hecho mejor quedándome en la cama.
Cuando llegué al edificio de la Pennsylvania Avenue a las nueve menos tres minutos, ya estaba lleno de gente que se movía de un lado para otro, supongo que intentando dar, en un viernes por la mañana, la impresión de actividad extremada. Pasé los complicados trámites de seguridad, tomé el ascensor y subí al noveno piso.
El noveno, por contraste, estaba calmo y silencioso. Apenas se oía el repicar de alguna máquina de escribir, un télex, un teléfono llamando. El pasillo estaba vacío, a excepción de los dos guardias de seguridad.
Estornudé. "Buenos días", dije, y entregué mi tarjeta de identificación al que estaba sentado detrás de una mesita. Al hacerlo, me entró por primera vez aquella mañana un sentimiento de aprensión que me agarrotó el estómago. No hice demasiado caso: el estómago se me agarrotaba cada vez que subía al noveno piso.
Pero, inmediatamente después, comprobé que no era yo el único con problemas premonitorios. Las vibraciones negativas habían asaltado simultáneamente el poderoso olfato de Nina Mahler, que siempre era la primera en husmear las malas noticias. Revoloteaba en su cubículo como un ratón enjaulado. Cuando asomé la cabeza, arreglaba y rearreglaba papeles inútiles y expedientes que seguridad le había subido muy temprano. Tenía una manera muy especial de escudriñar documentos: se los colocaba a la altura de la cara, un poco ladeados hacia la izquierda, y los sujetaba firmemente con ambas manos. Los dedos, cortos y rollizos, cargados de sortijas de cobre y hierro que le manchaban la piel de negro y orín, asomaban por las esquinas superiores del papel, y las muñecas, con tres hoyuelos repartidos caprichosamente, se blanqueaban a parches, mitad por el esfuerzo de la incómoda postura, mitad por el efecto de la mala circulación que produce la obesidad. Las uñas que asomaban por encima del papel estaban roídas y sucias.
