
Si sólo pudiera actuar por su cuenta… Pero, allí donde iba, los espías del Rey de Reyes le seguían. Memnón había escuchado los rumores y las habladurías. Sus oficiales persas sostenían que los traidores acechaban en el campamento griego. Memnón se negaba a creerlo. Ahora, sin embargo, mientras esperaba en esta cámara sombría, rodeado por guardias silenciosos y cortesanos de mirada aviesa, se preguntaba si había algo que no iba bien. Memnón sabía que no era querido. Contaba con el favor de Darío por dos razones. Primero, había demostrado su lealtad. Segundo, había derrotado a los macedonios. Así y todo, ¡el propio Darío era un demonio! Volátil y a veces cruel hasta lo indecible, se había abierto paso hasta el trono imperial. Había matado a todos sus rivales y luego había hecho lo mismo con quienes le habían ayudado: había cortado nances, arrancado ojos, amputado pies y manos. Darío no había matado a todos. Había permitido que algunas de sus víctimas deambularan como horribles fantasmas por el palacio: una advertencia para todos aquellos que quizá quisieran aspirar al trono dorado. Darío podía ser gentil y bondadoso, incluso generoso como el que más, pero, para mantener controlado a este gran imperio, se embarcaba en súbitas orgías de terror, como el rayo en el cielo de verano. ¡Que los dioses se apiadaran de aquellos que Darío había señalado para la destrucción!
– ¡Él espera!
La voz de un chambelán resonó en la habitación. Memnón inspiró profundamente y se secó las manos sudorosas en la túnica blanca, el vestido obligatorio para la ocasión. Arsites caminó a su lado y los chambelanes detrás. Los inmortales se volvieron formando una silenciosa fila a cada lado mientras subían las empinadas escaleras que conducían a la sala de audiencias. Memnón tenía la sensación de estar subiendo al Olimpo, la montaña sagrada, para ir a la corte de los dioses.