
Arsites se acercó a la ventana. Habían encendido linternas y faroles en los jardines. Disfrutó con el perfume de las flores en la brisa vespertina, pero en el fondo era un soldado. Permanecía con sus cinco sentidos atentos, hasta que finalmente captó el olor acre de la sangre y los débiles gemidos de aquellos que aún estaban vivos.
– ¿El Gran Rey escuchará mi plan?
Arsites suspiró; miró rápidamente a uno de los chambelanes y apenas sacudió la cabeza para advertirle secretamente que no reprochara a Memnón. Después de todo, el rodio era un bárbaro. No conocía el protocolo y la etiqueta de la corte del Divino: que se debía respetar el silencio para que uno pudiera preparar el corazón y el espíritu para el gran favor del que pronto sería objeto.
– No sé lo que hay en la mente de mi señor -replicó Arsites, que se apartó de la ventana-. Sin embargo, cuando abra su corazón a nosotros, verás su sabiduría -al decir esto, la mirada de Arsites se fijó en Lisias-. ¡Y su justicia!
Memnón sintió el pinchazo de la inquietud. Había estado de campaña, ocupado en reunir tropas, en contratar mercenarios. Lo había hecho bien: tenía a miles de hoplitas dispuestos a empuñar las armas; veteranos de mil y una guerras, una horda guerrera bien entrenada… Sin embargo, algo fallaba.
