
Centenares de antorchas, sujetas a los muros, chisporroteaban y bailaban con la corriente de aire y daban vida a los impresionantes frisos que adornaban las paredes. Las pinturas mostraban a Darío y sus antepasados en victoriosas batallas contra los enemigos extranjeros; aparecían incluso los demonios del mundo subterráneo, sobre todo el grifo de cabeza de león y la salvaje esfinge. Memnón resbaló y maldijo en voz baja. Olió las flores de loto que cubrían los escalones sagrados. Miró a su izquierda. El rostro de Diocles estaba sudoroso y el mudo miró rápidamente a su amo con la mirada furtiva de una gacela acorralada. Memnón mostró una sonrisa forzada. Tenía dos grandes amores: su esposa Barsine y este sirviente que daría la vida por él. Memnón estiró la mano y tocó suavemente la muñeca de Diocles, un gesto para que éste mantuviera la calma. Lisias, a su derecha, mantenía la cabeza
, sin demostrar la menor emoción y limitándose, de vez en cuando, a rascarse la bien recortada barba blanca o, más subrepticiamente, a enjugarse una gota de sudor de la frente.
– Nos aguarda una gran gloria -susurró Memnón-. ¡No mostréis vuestro temor!
Llegaron a lo alto de las escaleras. Se abrieron las puertas forradas con placas de bronce y Memnón entró en la sala de audiencia, que resplandecía por la luz. Recordó el protocolo. En el suelo de mármol, casi tocando el umbral, comenzaba una ancha alfombra color rojo sangre que conducía hasta el hogar donde se alzaba la llama sagrada de su base de troncos. Éste era el fuego sagrado de Ahura-Mazda, el dios de los persas. Lo atendían los sacerdotes y había de arder continuamente durante la vida del rey: no se extinguiría hasta su muerte. La alfombra era sagrada y sólo podía pisarla Darío. Memnón y su grupo se arrodillaron a un lado. Más allá, pasado el fuego sagrado, debajo de un estandarte plata y rojo con el emblema del ala de águila y el disco solar, se encontraba Darío sentado en su trono de oro. Bebía agua hervida, comía tortas de cebada y tomaba vino de una copa de oro con forma de huevo, vigilado por los ministros y miembros de su familia.