
– ¡Agachad las cabezas! -tronó la voz de un chambelán-. ¡Mirad ahora! ¡Darío, Rey de Reyes, Señor de Señores, amado de Ahura-Mazda el poseedor de los cuellos de los hombres!
Memnón levantó la mirada. Los inmortales habían desaparecido. El velo de gasa blanca había sido descorrido. Darío estaba sentado en su trono de oro, con la vara blanca del cargo en una mano y en la otra el matamoscas con el mango cubierto de joyas. Vestía túnicas de plata y púrpura debajo de una pesada capa bordada con hilos de oro; sus tobillos y la garganta resplandecían con las gemas que reflejaban la luz de la llama sagrada. Un sombrero alto rojo y sin alas cubría la cabeza del rey, y sus pies, que descansaban en un reposapiés de plata, estaban calzados con sandalias acolchadas de satén rojo.
– ¡Adoradle! -ordenó el chambelán detrás de Memnón.
Memnón agachó la cabeza. El tiempo pasó lentamente. Cesó la música y Memnón escuchó el suave rumor de las zapatillas. Desde el paraíso que había debajo, llegó un grito de agonía como el de un animal atrapado entre las zarzas.
– ¡Podéis acercaros!
Memnón exhaló un suspiro y se puso de pie. Darío había ahora prescindido de la ceremonia. Ya no sostenía la vara blanca y el matamoscas. Le habían quitado la capa bordada. Ahora estaba sentado en un diván de cojines casi junto a la llama sagrada. Precedidos por Arsites, Memnón y sus dos compañeros se acercaron, presentaron sus respetos y se sentaron en los cojines que les indicaron. Una pequeña mesa los separaba del rey. En la mesa, había tres copas de vino y platos con frutas y trozos de ganso asado. Memnón tenía la garganta seca, pero, de acuerdo con la etiqueta de la carne, no probaría nada hasta que Darío diera la señal. La sala parecía vacía; los inmortales permanecían en las sombras, en los huecos de las ventanas y en los largos pasillos, preparados para actuar a la menor señal de peligro para su amo.
