– Amigo mío -dijo Darío con su voz profunda y sonora-, puedes mirar mi rostro.

Memnón así lo hizo. Darío parecía sereno: su cabello ensortijado negro, el bigote y la barba estaban empapados del más exquisito perfume; su piel morena relucía con el aceite facial. El rodio suspiró aliviado. Había ocasiones en las que los ojos de Darío eran dos rajas de obsidiana, pero ahora brillaban en una cordial bienvenida.

– ¡Mi halcón, mi gavilán, mi león de Rodas! -exclamó sonriente Darío-. Puede que no gustes a mis cortesanos, Memnón, pero yo te quiero como a un hermano -añadió Darío alargando su sonrisa y pensando que éste era el griego que defendería su imperio, que rechazaría al bárbaro macedonio.

– Mi señor, ¿por qué estoy aquí? -preguntó Memnón en la lengua de su amo.

– Para mirar mi rostro. Para ver la vida. Para recibir honores -proclamó Darío antes de hacer una pausa-. Y mi justicia.

Memnón contuvo entonces el aliento. Darío levantó una mano.

– Así que viene -apuntó mirando fijamente a Memnón-. Alejandro de Macedonia cruzará el Helesponto. ¿Cuántos hombres traerá?

– Algunos dicen que no son más que treinta mil; otros, cuarenta mil.

Darío miró a Arsites.

– Podrías aplastarlo como a una mosca.

– Mi señor -interrumpió Memnón-. He visto a la falange macedonia. Piensa en un muro en movimiento, en un bloque o una cuña. Los escudos enlazados, las largas sarisas bajadas.

– Tenemos la caballería -señaló Arsites.

– Acabarán ensartados en las lanzas macedonias -replicó Memnón.



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