
– ¿Por qué? -preguntó Darío cogiendo una uva y sosteniéndola entre el pulgar y el índice-. ¿Por qué no podemos coger y comernos un ejército tan pequeño?
Memnón cerró los ojos. Pensó en los macedonios: una resistente y recia pared asesina en movimiento, que apuntaba al centro mientras su caballería se lanzaba sobre los flancos enemigos como el fuego celestial. Abrió los ojos.
– Mi señor, tenéis que verlo para creerlo. Tiene poder, astucia y una ferocidad salvaje. Poco les importa el número. Les interesa la astucia, la velocidad, el poder y la fuerza. Alejandro se ha comprometido con la guerra total. ¿Habéis escuchado los rumores, mi señor?
Darío sacudió la cabeza.
– Alejandro no tiene dinero. Ha dado todas sus tierras. Uno de sus generales le preguntó qué le quedaba. Alejandro le respondió: «Mis sueños» -apuntó Memnón, sin poder reprimir la sonrisa al pensar en el coraje de su joven y próximo oponente.
– ¿Y? -preguntó Darío en voz baja.
– «¿Qué hay del futuro?», quiso saber el mismo general. Alejandro contestó: «Mis esperanzas».
– ¿Cuántos años tiene?
Memnón extendió las manos con todos los dedos separados.
– Veinte, veintiún veranos.
– ¿ Qué aspecto tiene este mosquito macedonio que quiere picar mi reino?
Memnón acudió a sus propios recuerdos y los informes de sus espías.
– Es un hombre pequeño que parece alto -respondió con voz pausada-. Alejandro es fornido, con el cuerpo de un atleta. Camina con una leve cojera.
– ¿Sus cabellos?
Memnón se tocó la calva y sonrió.
– Algunos dicen que son rubios, del color del trigo, rizados en la nuca y sobre la frente. Los aduladores dicen que tiene la piel dorada. Su rostro es agradable y bien proporcionado. No tiene la nariz respingona de su padre, aunque sí ha heredado su boca risueña.
– ¿Los ojos?
Memnón observó al monarca.
– Siempre se mencionan sus ojos, mi señor; son de diferente color, uno azul, el otro castaño. Alejandro posee todas las habilidades de un actor: una mirada dulce, casi femenina dicen, sonriente y burlona, pero, cuando es necesario, dura como el hierro, tan firme como el más frío de los mármoles. Tiende a mantener -Memnón imitó el gesto- la cabeza,
