baja, la barbilla casi tocándole el pecho. Algunas veces mueve la cabeza ligeramente a un lado. Cuando habla contigo, Alejandro te trata como si fueras la única persona que importa.

– Impresionante -murmuró Darío-. ¿Qué otras cualidades tiene este supuesto mozalbete?

– Es generoso, valiente, Un soberbio jinete. Le interesan todas las cosas, ya sean plantas…

– ¿O los escritos de Aristóteles?

– Aristóteles era su tutor -admitió Memnón-. Alejandro y sus compañeros fueron educados por el afectado ateniense en los huertos de Mieza.

– ¡ Ah! -exclamó Darío balanceándose en los cojines con una mirada distante en sus ojos-. ¿Cómo está la señora Barsine?

– Tan hermosa como la noche, mi señor.

Memnón sintió la punzada del miedo. Darío aún no le había invitado a comer y beber. Arsites parecía tenso, con la cabeza gacha, y no dejaba de acariciarse la muy aceitada barba como si estuviese escuchando atentamente o distraído por alguna otra cosa.

– ¿Y cómo general? -preguntó Darío endureciendo su tono de voz-. ¿Qué tal este Alejandro…?

– Tiene mercenarios, escuadrones de caballería ligera tesalios, aunque no son más que paja en el viento comparados con sus propias tropas.

También Memnón estaba distraído. En su mente veía las apretadas filas de la falange macedonia: las largas sarisas que bajaban, el estruendo de miles de pies calzados con recias sandalias, los peanes de batalla, el trueno de la caballería…

– Si ellos son la paja -replicó Darío, burlón-, ¿cuál es la planta?

– Es más, toda una cosecha -susurró Memnón-. Un campo de trigo en movimiento, mi señor; pero sus tallos son madera y hierro. ¿Os lo podéis imaginar? -preguntó Memnón levantando una mano-. Golpean a sus oponentes en el flanco o incluso de frente. La sarisa tiene unos doce codos. Puede clavar y atravesar antes de que el enemigo llegue al cuerpo a cuerpo.



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