
– Puedes utilizar a los arqueros -le interrumpió entonces Arsites.
– La falange se mueve demasiado rápido; puede formar un muro de escudos.
– Podemos tumbarlos -afirmó Arsites.
Desde el paraíso de abajo, llegó el canto de un ruiseñor, con sus notas claras, lúcidas, un sonido incongruente en este salón helado, con su silenciosa y lúgubre atmósfera amenazante.
– Los lanceros de Macedonia nacen y crecen como guerreros -declaró Memnón-. No sólo hay que temer el poder de sus brazos, sino también su velocidad, su fuerza y su confianza.
– Enséñame sus tácticas -ordenó Darío señalando las pequeñas barritas de incienso que había sobre la mesa.
Memnón las dispuso en paralelo sobre la mesa.
– Este es el enemigo, mi señor -dijo sonriendo, como si quisiera disculparse-. ¿Quizá deba decir nuestros oponentes macedonios? La infantería marcha en el centro y la caballería en las alas… ¿Lo veis? El peligro planteado por los macedonios tiene tres vertientes. La primera, la caballería al mando de Alejandro. Él estará en el ala derecha. La segunda, en el centro, donde se disponen las brigadas de infantería divididas en dos: los escuderos y la infantería ligera, tan rápida como letal…
– ¿La tercera la representan los lanceros? -interrumpió Darío.
– Las tácticas de Alejandro se basan en la rapidez y la movilidad -continuó Memnón-. Concentrará el ataque sobre el ala enemiga que se despliegue para salirle al encuentro. Las brigadas se acercan, cortan la línea enemiga y, después, sólo les queda cerrar el cerco y matar.
– ¡Ah! -exclamó Darío-. ¿Así que rompe y divide; rodea y mata?
– Es algo que requiere una gran fuerza de voluntad -admitió Memnón-. Mucha decisión y un férreo control. Hasta ahora siempre ha demostrado ser efectivo.
