– Así pues, ¿cuál es tu consejo? -preguntó Darío.

Memnón hizo una inspiración muy profunda.

– Nunca enfrentarse a él en combate.

– ¿Qué?

La exclamación de Arsites vino seguida de la de Darío. Memnón vio por el rabillo del ojo unas sombras que se movían, pero el emperador levantó una mano en un gesto casi imperceptible.

– Dejadle entrar -manifestó Memnón-. Quemad las tierras, las cosechas, las ciudades. Atraedlo cada vez más al laberinto. Esperad a que tenga hambre y sed, a que sus hombres estén desmoralizados.

– ¿Propones que quememos nuestras cosechas? -preguntó Arsites.

– No, no, escucha -apuntó Darío haciéndole callar con un ademán-. Ese mozalbete macedonio, como le llama Demóstenes…

– Demóstenes puede que sea un gran orador, mi señor, pero cada vez que se ha enfrentado al macedonio en combate, ha tenido que huir.

– Lo sé -contestó Darío cogiendo una uva, metiéndosela en la boca y masticándola lentamente-. Has hablado de los puntos fuertes de Alejandro. ¿Cuáles son las debilidades?

– Tendrá que dejar Macedonia y Grecia -contestó Memnón- gobernadas por la corregencia de Olimpia…

– ¡Ah, esa perra enloquecida! -exclamó Darío.

– … y el viejo general Antípatro.

– ¡Pero si se odian el uno al otro! -señaló Arsites.

– ¡Precisamente! -replicó Memnón. Darío se llevó una mano a la cara y se echó a reír. -Cuanto más escucho hablar de Alejandro, más me gusta. ¿Así que Antípatro y Olimpia se vigilarán mutuamente? -apuntó mientras su rostro adoptaba una expresión grave-. ¿Qué otras debilidades tiene?

– Tendrá que dejar parte de sus tropas en casa -respondió Memnón apresuradamente-. Cuando cruce el Helesponto, Alejandro se encontrará aislado de su tierra. Su tesorería está vacía y los griegos arden en resentimiento. Alejandro es capitán general, pero Atenas lo detesta. Nadie ha olvidado la destrucción de Tebas. Grecia tiene dos ojos: uno, Atenas, está velado; el otro, Tebas, ha sido extinguido para siempre.



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