Darío se mordió el labio inferior mientras escuchaba con mucha atención.

– Por lo tanto, ¿Alejandro tendrá que vivir de la tierra? -preguntó Arsites.

Memnón se sintió más confiado al ver la mirada calculadora en los ojos de Darío; estaba explicando una estrategia que el Rey de Reyes comprendía.

– ¿Qué otras debilidades tiene este hombre? -insistió Darío.

– La reputación de un tirano sangriento: treinta mil tebanos fueron vendidos como esclavos…

– ¡No! -le cortó Darío-. Debilidades como hombre.

Memnón desvió la mirada. Podía mencionar la traición. Sin embargo, eso era algo tan común en Macedonia como lo era en Atenas y Persépolis.

– Tiene dos debilidades -contestó Memnón con voz pausada-. Primero, sus padres. Se odiaban el uno al otro. El propio Alejandro ha comentado que su madre le cobra un alquiler cada vez más alto por los nueve meses que pasó en su vientre. Olimpia se considera a ella misma como una mística. No dejaba de provocar a Filipo con la historia de que Alejandro había sido concebido por un dios. Dicen que el propio Filipo llegó a espiarla durante la celebración de ciertos ritos misteriosos.

– Fue así como perdió un ojo, ¿no? -preguntó Darío con un tono socarrón-. Me contaron la historia.

– Filipo y Olimpia se detestaban -continuó Memnón-. Llegó el momento en que se divorció de ella y se casó con la hija de uno de sus generales. Durante el banquete de boda, este general, Attalo, hizo un brindis. «Por fin Macedonia tendrá a un legítimo heredero, un verdadero macedonio.» Alejandro, que salió en defensa de Olimpia, lo maldijo. Filipo, borracho como de costumbre, intentó atacar a su hijo. Desenvainó la daga, saltó del diván, pero cayó de bruces al suelo. «Mirad», se burló Alejandro, «aquí tenéis al hombre que quiere cruzar de Europa a Asia cuando ni siquiera tiene la fuerza y la habilidad para pasar de un diván a otro».



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