– ¿Quién era el soldado?

– Un oficial persa. Lo maté.

– ¿Cómo hiciste tal cosa? -quiso saber Olimpia desviando el rostro con una sonrisa en los labios-. ¿Envenenaste su vino? ¿Le apuñalaste por la espalda? ¿Alquilaste a un asesino?

Telamón mantuvo una expresión impasible. Olimpia dio un golpe en el suelo.

– ¿Vas a decírmelo? ¿Cómo le mataste?

– Lo encontré en una taberna cerca de la Avenida de las Esfinges en Tebas. Lo maldije. Él desenvainó la espada y me atacó. Aprendí muchas cosas en los huertos de Mieza.

– Ah sí, Cleito el Negro, el maestro de esgrima de mi hijo.

– El oficial no era muy bueno. Erró el golpe. Mi daga acertó en la diana. Un corte limpio y directo al corazón.

Olimpia exhaló un suspiro y se puso de pie.

– ¿Así que regresaste a casa?

– No tuve otra elección. Los persas me hubieran crucificado en las murallas de Tebas.

– Por cierto, ¿cómo está tu madre? ¿Y la viuda de tu hermano y su hijo? Un niño muy vivaz, según me han contado.

Olimpia tenía aquella mirada sombría, helada. Telamón notó el sudor en las palmas de las manos. La reina acababa de proferir su amenaza. Sólo las palabras, la manera como había recalcado «vivaz» con una mirada despiadada.

– ¡Bien! -exclamó Olimpia aplaudiendo y acercándose al trono-. Tienes la reputación de ser un gran físico, Telamón -sentenció mientras se sentaba-. Dime, ¿cuál es la diferencia entre la cicuta acuática y la virosa?

– Ambas son venenos letales. La cicuta virosa provoca la parálisis. La acuática provoca convulsiones. Ambas producen la muerte.

– ¿Es algo que sabes a través de la observación?

– No, está en el relato que hace Platón de la muerte de Sócrates. Le dieron cicuta virosa con el vino.

Olimpia, con los labios fruncidos, asintió como si fuera un estudiante que escucha a su maestro.

– ¿Has visto el cadáver?



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