
Telamón recordó la espantosa Casa de la Muerte: el cuerpo blanco del anciano que yacía desnudo como un trozo de carne encima de una fuente. Olimpia miró al oficial que se encontraba a su lado.
– ¿Estudió el cadáver? ¿Bien de cerca como se le dijo?
– Tal como se le dijo, mi señora.
– Bien -manifestó Olimpia dirigiéndose de nuevo a Telamón.
– Dime lo que sabes del cadáver.
– Era uno de vuestros sirvientes, mi señora. Trabajaba en el palacio.
– ¡Por supuesto!
– Diría que era zapatero.
Olimpia sonrió.
– Lo descubrí por las manos -prosiguió Telamón-. Olían a cuero y tanino. Tenía unas pequeñas durezas en los dedos donde sujetaba la aguja. Tenía la columna un tanto curvada de inclinarse sobre su banco de trabajo. Los músculos de las muñecas y los brazos estaban bien desarrollados, pero la barriga y la delgadez de las piernas indicaban que era un hombre que habitual-mente estaba sentado.
– ¡Muy bien! -exclamó Olimpia.
– El cadáver estaba ligeramente hinchado -apuntó Telamón; se animaba cada vez más-. Ya había comenzado la putrefacción.
– ¿Qué me dices de la causa de la muerte?
– ¡Veneno!
Olimpia echó la cabeza hacia atrás y soltó una estruendosa carcajada.
– ¡No pensarás acusarme!
Telamón la miró tranquilamente. «No -pensó-, no haré tal cosa.» ¡Olimpia, la Reina Bruja! ¡Señora del veneno! Se preguntó cuántas pociones, elixires y antídotos habría en sus cofres secretos. Recordó la historia de cómo el hermanastro de Alejandro había nacido sano y robusto y fue un serio rival para su hijo hasta que Olimpia decidió servirle una comida especial. El chico se había recuperado, pero condenado a vagar por el palacio, convertido en un idiota que sólo servía como una poderosa advertencia a cualquiera que pensara en desafiar los derechos de Olimpia y su amado hijo.
– Rastreé el veneno -afirmó Telamón-. La pierna derecha estaba hinchada: la sangre se había convertido en pus.
