
– ¿Cómo murió? -insistió Olimpia.
– Había escuchado hablar de algo similar. Una aguja clavada en la pierna. La herida era muy pequeña y se cerró inmediatamente. El pobre zapatero creyó que estaba a salvo, pero la aguja estaba infectada y le envenenó la sangre. Seguramente sufrió dolores de cabeza, rigidez en las mandíbulas, fiebre muy alta, delirios. La muerte no debió tardar mucho en llegar.
– ¿Qué hubieras hecho tú?
– Mi señora, hubiera abierto la herida, sacado la aguja y, después, hubiese hecho una incisión en la pierna.
– ¿Para qué?
– Para volcar una mezcla de miel, sal y vino. Cuanto más fuerte el vino, mejor. No el vino ligero de Olimpo o Atenas, sino el vino más fuerte que pudiera encontrar: un vino recio, rojo oscuro. Tal infusión hubiese limpiado la herida.
– ¿Cómo? -quiso saber Olimpia inclinándose hacia adelante. Su curiosidad era sincera.
– No lo sé, ni tampoco lo sabe nadie. El vino, la miel y la sal tienen unas propiedades que purifican la carne y eliminan el pus.
– Habré de recordarlo. Por lo tanto, ¿no crees que la producción de pus es buena? Hipócrates lo creía, y también mis físicos.
– Están equivocados -respondió Telamón, muy seguro de sí mismo-. Hay que limpiar el pus y no permitir que se asiente en el cuerpo. Siempre hay que drenar las heridas.
– ¿Tú puedes hacerlo? -preguntó Olimpia.
– Es posible. Lo he visto hacer en Egipto, no sólo con las heridas, mi señora, sino incluso con el pus en un pulmón.
– ¿Qué me dices del vendaje?
– De lino limpio, y nunca demasiado apretado. Esto permite que la herida respire. Aprietas el vendaje y la putrefacción queda encerrada dentro.
– ¿Qué hubieras hecho si eso no funcionara? -Entonces, mi señora, hubiese amputado la pierna, unos cinco dedos por encima de la rodilla. Hubiese dado a beber al hombre un vino fuerte mezclado con un opiáceo; eso previene las convulsiones y los temblores.
