
– Se hubiera desangrado hasta morir.
– En Italia, mi señora, vi cómo lo hacía un cirujano con la pierna de un soldado. Había sido alcanzado por una flecha envenenada en una emboscada. Utilizaron unas lañas muy pequeñas para cortar el flujo de sangre; luego cauterizaron y vendaron el muñón.
– A mi hijo le parecerá muy interesante -susurró Olimpia casi para sí misma.
– ¿Tu hijo, mi señora? Ha marchado rumbo a Asia; sus ejércitos están acampados en el Helesponto.
Olimpia aplaudió la respuesta.
– Eres un muchacho muy espabilado, Telamón. Tú te unirás a él.
Telamón contuvo su enfado.
– El ejército se reúne en Sestos -añadió ella-. Te reunirás allí con mi hijo.
– ¿Quiero o debo, mi señora? Nací libre. ¡Soy un macedonio!
Olimpia se levantó. Se frotó las manos. Bajó de la tarima y caminó hacia el joven. Se agachó, no como una reina, sino como una madre que suplica por su hijo.
– Confío en ti, Telamón; el oro y la gloria no te interesan. Mi hijo está rodeado de traidores, asesinos, espías.
– ¿Incluidos los tuyos?
– Incluidos los míos.
– No soy tu espía.
– No, Telamón. No se te puede comprar, sobornar o vender. He leído tu tratado sobre los venenos. Sientes afecto por Alejandro. Tú lo protegerás, no porque yo te lo pido, sino porque quieres hacerlo.
– ¿Alejandro ha preguntado por mí?
– Lo sabe todo de ti, Telamón -afirmó Olimpia-. Insistió en que te unieras a él. ¿A qué otro lugar puedes ir? -preguntó al tiempo que sus ojos y su voz se mostraban suplicantes-. ¡No te gusta Macedonia! ¿Atenas quizá? Ningún macedonio es bienvenido allí. ¿El imperio persa? ¿Asia, Egipto, el norte de África? Pero allí hay órdenes de arresto que llevan tu nombre, Telamón. Aquel oficial persa era una persona muy importante. Piensa en las oportunidades -le apremió-, para curar, para aprender…
– ¿Qué pasará si no voy?
Olimpia se irguió para caminar lentamente hacia él.
