
Alejandro, a quien Demóstenes de Atenas había despreciado por ser un «mozalbete», «un niñato». Alejandro parecía contar con todo el apoyo del mundo subterráneo. Se había abierto paso hasta la cumbre, había aplastado a los conspiradores, había crucificado a los rebeldes y había extendido su dominio sobre aquellas tribus salvajes que Darío había sobornado generosamente para que asaltaran las fronteras de Macedonia. Ahora estos mismos bárbaros habían agachado la cabeza, habían aceptado el pan y la sal, y habían hecho grandes y solemnes juramentos de lealtad a Alejandro de Macedonia. Todo el mundo le había dado por muerto en los sombríos y helados bosques de Tesalia, pero había vuelto como un lobo hambriento para destrozar a sus enemigos. Atenas había sido aplastada. Sus principales ciudadanos, a quienes el Rey de Reyes había sostenido con daraicas de oro, se escondían en lugares desiertos o se refugiaban como perros apaleados en cualquier aldea que aceptara acogerlos. Incluso Tebas, la ciudad de Edipo, no era más que una ruina devastada, un lugar sangriento donde cazaban los carroñeros y las nubes de moscas negras zumbaban alrededor de los cadáveres insepultos.
Ahora Alejandro de Macedonia había dirigido su mirada al este. Capitán general de Grecia, había hecho sagrados juramentos de librar una guerra eterna, con el fuego y la espada, por mar y tierra, contra el Rey de Reyes. Los espías ya habían llegado a todo galope. Alejandro había dejado Pella y marchaba hacia el este. Alejandro estaba en el Helesponto y miraba hambriento a través de las rápidas y azules aguas a las glorías de Persépolis. Algunos decían que marchaba a la cabeza de un gran ejército. Personas más sensatas sostenían que no podían ser más de treinta o cuarenta mil hombres y, sin duda, el gran Rey de Reyes podía derrotar a semejante chusma. Desde luego la armonía de Darío estaba perturbada. Había intentado mantener a raya a Macedonia con oro, pero ahora el lobo olisqueaba delante de su puerta.