Darío había mandado a llamar a Memnón de Roda, convencido de que hacía falta un lobo para combatir a otro lobo. Memnón había sido rehén en la corte macedónica; había estudiado las almas de Filipo y su hijo; había visto como las falanges macedónicas, con sus escudos cortos y lanzas largas, destrozaban un ejército griego tras otro. Memnón había logrado escapar de Macedonia y ahora contaba con el favor del Rey de Reyes. Memnón lo sabía todo de aquellos lobos. Había luchado valerosamente contra Parmenio, el veterano general macedónico que había cruzado el Helesponto para establecer una cabeza de puente.

Sin embargo, en aquella noche particular, mientras aguardaba en la antecámara al pie de las escaleras que conducían al Apanda, Memnón no se sentía especialmente favorecido. Esperaba con su sirviente mudo Diocles y su general de la caballería, Lisias, y golpeaba el suelo nerviosamente con su sandalia como muestra de su impaciencia por la demora. El calor en la antecámara era agobiante, abarrotada como estaba por los «portadores de manzanas”, cortesanos y chambelanes, medos -no persas-, con sus brillantemente decoradas túnicas y pantalones bombachos, los rostros con una gruesa capa de cosméticos y pendientes en los lóbulos de las orejas. Ellos también percibían la inquietud de este bárbaro y se movían nerviosos, y el ruido de los tacones de sus botas era como un martilleo. Se detenían una y otra vez para mirar de soslayo y con profunda desconfianza a Memnón. No les gustaban los griegos, cualesquiera que fuesen, pero en especial Memnón, con su cabeza calva brillante de aceite, el rostro esculpido a cincel, curtido por los elementos, requemado por el sol, la nariz chata, quebrada, y un tanto torcida, los labios exangües y la mirada cruel.

«Nunca confíes en un griego», decía el proverbio persa. ¡No había excepciones!

– ¿Cuánto tiempo más? -preguntó Memnón en griego, con un tono de voz duro y discordante, que perturbó a las aves canoras en sus jaulas de oro colgadas con cadenas de plata de las vigas de cedro.



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