– Tened paciencia, mi señor.

El compañero de Memnón, el príncipe persa Arsites, sátrapa de Frigia occidental, sonrió discretamente y se inclinó al tiempo que levantaba una mano para taparse la boca como si estuviera rascándose su bien aceitada barba y bigote. Si hubieran permitido que Aristes se saliera con la suya, ya hubieran arrojado a Memnón, al estúpido Diocles y al ladino Lisias al estanque de los cocodrilos; sin embargo, Memnón era el favorito. Había sido agasajado con grandes honores cuando llegó la noche anterior. Mientras lo escoltaban en su recorrido por las lujosas y perfumadas habitaciones del harén de Darío, Memnón había sido anunciado como «amigo del Rey de Reyes» y saludado solemnemente por las mujeres de Darío, que iban vestidas de sedas y telas magníficas y brillaban como luciérnagas, con los cuellos, los tobillos y las muñecas resplandecientes con preciosas joyas. Habían hundido platos en sus sacos de oro y llenado el cofre que un eunuco había cargado junto a Memnón. El griego debía llevárselo como muestra de la amistad y el placer del emperador. Memnón también había contemplado el tesoro imperial, la Casa Roja, con las paredes y los techos de piedra color rojo sangre, donde decenas y decenas de miles de talentos de oro se amontonaban en baúles, cofres y cestos.

Arsites volvió su rostro cetrino y se secó elegantemente la gota de sudor caída sobre el duro borde del cuello de su casaca. Darío había sido demasiado generoso. El sátrapa jugó con la cadena de oro que llevaba alrededor del cuello. Se acercó a la pared como si le interesara el grabado de un cortesano meda que olía una flor de loto. Arsites recordó las palabras de Darío: «Muestra a Memnón mi favor. Muestra a Memnón mi poder y, por encima de todo, muéstrale mi terror». Arsites bajó la cabeza. Había hecho las tres cosas. Había llevado a Memnón a los paraísos, con sus fuentes y sus umbrías grutas, para disfrutar de la fresca sombra de los tamarindos, los sicómoros y los terebintos, y saborear la fragancia de los huertos de pomelos, manzanos y cerezos.



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