Bajó del coche en Karolinengasse, ante el edificio de la esquina con Mommsengasse. Metió la mano en el interior del vehículo por la ventanilla abierta y tocó el claxon mientras alzaba la vista hacia las ventanas de los alrededores. No se abrió ninguna ni se descorrió una sola cortina, a pesar de que tocaba el claxon sin parar.

No se molestó en llamar al contestador automático. La puerta del edificio era en su mayor parte de cristal y la rompió golpeándola con uno de los brazos de las tenazas. Entró agachando la cabeza.

Werner vivía en el primer piso. Debajo de la mirilla estaba pegada la foto de un yak muy cargado. Sobre el felpudo, los Rolling Stones le sacaban al visitante una lengua sucia. Recordó cuántas veces había estado en esa misma situación con una botella de vino, oyendo los pasos de Werner aproximándose.

Aporreó la puerta con las tenazas. No hubo manera de abrirla. Precisaría una palanca para vencer a la cerradura. Buscó papel y lápiz en sus bolsillos para dejar una nota sujeta en la mirilla. Sólo encontró un pañuelo usado. Al intentar garabatear unas palabras sobre la puerta desnuda, la mina se rompió.


Al llegar a la estación de ferrocarril Südbahnhof se dio cuenta de lo hambriento que estaba. En la sala de taquillas trotó de ventanilla en ventanilla, de tienda en tienda. Rompió los cristales con las tenazas. Esta vez no desconectó las alarmas. Después de haber destrozado la ventana de la oficina de cambios aguardó ex profeso para comprobar si se disparaba la alarma o podía continuar con su obra de destrucción. A lo mejor aún había alguien preocupado por la ley y el orden que intervendría si se asaltaban cajas de ahorros.

Subió en la escalera mecánica hasta los andenes en medio de la ensordecedora música de las sirenas. Primero investigó la sección oriental, los andenes 1-11. Había estado allí en contadas ocasiones. Se tomó su tiempo. Después se situó en la segunda escalera mecánica.



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