
También rompió los escaparates de las tiendas situadas frente a los andenes meridionales. No estaban dotadas de alarma, y eso le asombró. Cogió del kiosco una bolsa de patatas fritas, una limonada y un paquetito de pañuelos para su nariz moqueante. En la tienda de revistas tomó un montón de periódicos de dos días antes.
Entró en el primer compartimiento del tren que iba a Zagreb sin inspeccionar previamente los vagones.
El lugar estaba caliente y el aire era sofocante. Bajó la ventanilla de golpe y se sentó, colocando las piernas sobre el asiento de enfrente, sin descalzarse.
Mientras se embutía en la boca las patatas fritas con gesto mecánico, hojeó los periódicos. No encontró ni la menor alusión a la inminencia de algún acontecimiento especial. Querellas en política interior, crisis en el extranjero, crónica de sucesos atroces y banalidades. En las páginas de televisión talk-shows, películas, magazines.
Mientras leía, casi se le cerraban los ojos.
El aullido regular de las alarmas penetraba, atenuado, en el vagón.
Apartó el periódico de su regazo. Podía permitirse el lujo de disfrutar de un minuto de calma. Quedarse tumbado con los ojos cerrados, los tonos amortiguados de las alarmas en los oídos. Quedarse un minuto tumbado…
Se levantó de un salto, frotándose el rostro con energía. Buscó el cerrojo en la puerta, hasta que cayó en la cuenta de que sólo disponían de él los coches cama.
Salió al pasillo.
– ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?
Comprobó la consistencia de la cortina del compartimiento con las puntas de los dedos, una pieza mugrienta, ahumada, que en otras circunstancias no habría tocado. Se colgó de ella con todo su peso hasta que sonó un chasquido y se desplomó al suelo con la tela en la mano. Logró partir la cortina en bandas con ayuda de lo que quedaba de la tenaza. Las anudó alrededor de la manilla de la puerta y ató un extremo en la reja del estante de los equipajes.
