Después de haberse hecho una cama con los seis asientos, terminó de beberse la lata y se tumbó.

Volvía a sentirse un poco más animado. Tumbado, con el brazo debajo de la cabeza a modo de almohada, acariciaba con los dedos la funda de terciopelo de los asientos. Palpó el agujero producido por una quemadura.

No pudo evitar pensar en la época en que se pasaba el verano por toda Europa en compañía de amigos. Había recorrido muchos miles de kilómetros sobre un lecho de colchones ambulante como ése. De un olor desconocido a otro. De acontecimiento en acontecimiento. De una ciudad excitante a otra aún más atractiva. De eso hacía quince años.

¿Dónde estaban en ese instante las personas con las que entonces había pasado la noche en estaciones y parques?

¿Y aquellas con las que había hablado tan sólo dos días antes?

¿Dónde estaba él?… En el tren. Incómodo. Parado.


Debió de dormir una media hora. Por la comisura de la boca le había salido saliva. En un gesto reflejo limpió el asiento con la manga. Observó la puerta. La cerradura improvisada estaba intacta. Cerró los ojos y escuchó: nada había cambiado. Las alarmas aullaban exactamente igual que antes.

Se sonó la nariz, taponada por el resfriado y el polvo del compartimiento. Después comenzó a desatar de la puerta las tiras de cortina. Comprobó que había realizado su cometido a conciencia. Manipuló los nudos, pero, preso de la impaciencia, le faltaba habilidad en los dedos. Lo intentó por la fuerza. La puerta no se movió ni un centímetro. Los nudos se quedaron inmovilizados definitivamente.

No le quedaba más remedio que liberarse por las bravas. Rompió el cristal de la puerta con el brazo de la tenaza. Salió con cautela, tras lanzar una mirada al compartimiento para memorizar esa imagen, por si tenía que regresar por algún motivo.



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