
Saqueó el supermercado.
Cogió bebidas y latas de sopa, bolsitas de aperitivos, chocolate, manzanas y plátanos. Cargó carne y salchichas en un carrito metálico de la compra. Las mercancías se estropearían pronto. No se atrevía a calcular cuándo podría volver a disponer de un filete fresco.
Antes de subir a su coche, lo rodeó. No estaba seguro de haberlo aparcado exactamente así.
Escudriñó a su alrededor, dio unos pasos y regresó al automóvil.
3
Despertó vestido de calle.
Creyó recordar que se había puesto el pijama por la noche. Y aunque no hubiera sido así, siempre se ponía algo cómodo cuando estaba en casa. En cualquier caso, la víspera se había cambiado de ropa.
¿O no?
En la cocina encontró cinco latas de cerveza vacías. Se había bebido su contenido, eso sí lo recordaba.
Después de ducharse arrojó unas cuantas camisetas y unos cuantos calzoncillos a una bolsa, antes de emprender el deprimente viaje de reconocimiento a la ventana, al televisor y al teléfono. Tenía hambre, pero el apetito lo dejó en la estacada. Decidió desayunar de camino. Tras sonarse, se aplicó una pomada en las zonas irritadas de debajo de la nariz. Renunció a afeitarse.
Miró al ropero, irritado. Algo había cambiado desde el día anterior. Como si hubiera una chaqueta de más. Pero eso era imposible. Además, había cerrado con llave. Allí no había entrado nadie.
Estando sobre el felpudo, delante de la puerta, algo le obligó a retroceder y a clavar la vista en las perchas. No supo qué.
La atmósfera era diáfana y el cielo tan desprovisto de nubes que parecía casi irreal. De vez en cuando se levantaba aire. No obstante, el salpicadero del coche parecía derretirse. Abrió todas las ventanillas. Apretó algunos botones de la radio, desanimado. No consiguió arrancarle más que rumores, a veces altos, otras más amortiguados.
