Encontró el piso de su padre igual. El reloj de pared hacía tictac. El vaso de agua del que había bebido permanecía sobre la mesa, medio lleno. La cama, revuelta. Cuando se asomó a la ventana, su mirada cayó sobre el sillín de la bicicleta tapado con un plástico, como de costumbre. La botella sobresalía del cubo de la basura, las motos seguían en su sitio.

Se disponía a marcharse cuando recordó el cuchillo.

No tuvo que buscar mucho. Su padre guardaba sus recuerdos de la guerra en un cajón, al lado del mueble bar. La Cruz de Hierro de Primera Clase y la de Segunda, la Barra de Combate Cuerpo a Cuerpo. El Distintivo de Asalto de Infantería, el Distintivo de Herido, Medalla del Frente Oriental. Jonas conocía todo eso, de niño había visto a su padre limpiándolas con regularidad. Una agenda, documentos de identidad, cartas de camaradas. Tres fotos con su padre sentado en estancias oscuras en compañía de otros soldados, con un rostro tan desconocido que Jonas no recordaba haberlo visto nunca así. También estaba el cuchillo. Se lo llevó.


La última vez había visitado el zoológico de Schönbrunn con motivo de una excursión del personal de la empresa. Resultó muy divertida. De eso hacía un montón de años. Ya sólo recordaba vagamente jaulas sucias y un café en el que no les atendieron.

Entretanto las cosas habían cambiado mucho. Los periódicos decían que Schönbrunn era el zoo más bonito de Europa. Todos los años se añadía alguna novedad. Dos koalas, por ejemplo, u otros animales raros, que obligaban a peregrinar al zoo a todos los vieneses con un hijo en edad de entusiasmarse. A Jonas nunca se le había ocurrido plantarse en domingo ante el recinto de las fieras o el insectario. Ahora se detuvo detrás de las cajas, junto a las barreras metálicas que impedían el paso a los coches, porque quería cerciorarse de si, además de las personas, también habían desaparecido los animales.



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