
– ¿Hola?
Vaciló. El restaurante estaba a la sombra de un bosquecillo de abetos. A pesar de que lucía el sol, en el interior reinaba una luz mortecina, como si faltara poco para el atardecer.
– ¿Hay alguien aquí?
La puerta se cerró. Saltó hacia atrás, para evitar que lo atrapara, y luego volvió a abrirse.
Se acercó al coche a recoger el cuchillo. Examinó atentamente en todas direcciones intentando descubrir algo, pero no había nada. Era un área de descanso corriente y moliente en la autopista, con coches aparcados delante del restaurante y otros en la gasolinera. Pero no se veía ni un alma. Y no se oía el menor ruido.
La puerta automática volvió a abrirse hacia un lado. Su zumbido, mil veces escuchado, era como una noticia dirigida a su subconsciente. Cruzó el torno que separaba la tienda y la caja del restaurante y se encontró entre las mesas. En el bolsillo grande de sus vaqueros su mano aferraba el cuchillo.
– ¿Qué sucede? -inquirió a gritos.
Las mesas estaban puestas. En el autoservicio, que habitualmente ofrecía cazuelas de sopa, salsas, cestas de bollería, fuentes pequeñas con pan cortado en dados y grandes con ensalada, no había nada en absoluto. Una fila de mesas grandes cubiertas con manteles blancos.
En un estante de la cocina descubrió una barra de pan cortado. Estaba duro, pero aún se podía comer. Encontró algo para untar en una nevera. Calmó su hambre de pie mientras contemplaba, ensimismado, las baldosas del suelo. De vuelta al restaurante se preparó un café en la cafetera.
El primero tenía un sabor amargo. Hizo un segundo, que no le salió mejor. Hasta el cuarto no lo colocó sobre el platillo.
Se sentó en la terraza. El sol picaba. Abrió una sombrilla encima de su mesa. Tampoco descubrió nada desacostumbrado en las mesas de fuera: se veían en ellas ceniceros, la carta de helados, la de comidas, saleros y pimenteros, mondadientes. Justo así lo habría encontrado todo de haber pasado por allí unos días antes.
