Escudriñó los alrededores. No había nadie.

Después de clavar los ojos en la cinta gris de la autopista, cayó en la cuenta de que ya había estado allí una vez. Con Marie. Incluso en la misma mesa. Lo reconoció por el ángulo visual que le permitía vislumbrar un huertecillo muy recoleto, que recordaba. Iban de camino hacia su lugar de vacaciones en Francia. Habían desayunado allí.

Se levantó de un salto. A lo mejor los teléfonos de Viena funcionaban mal. Quizá pudiese contactar con alguien desde allí.

Encontró el teléfono al lado de la caja. Para entonces se sabía de memoria el número de los parientes ingleses de Marie. La misma infrecuente señal en el auricular.

En Viena tampoco descolgó nadie. Ni en casa de Werner, ni en la oficina, ni en casa de su padre.

Tomó de un expositor una docena de tarjetas postales. Descubrió sellos en una carpeta guardada en un cajón debajo de la caja. Escribió en una postal su propia dirección.

El texto decía: Area de descanso de Grossram, 6 de julio.

Pegó un sello. Había visto un buzón de correos junto a la entrada. Un pequeño rótulo informaba que la recogida se efectuaba a las 15 horas. Sin precisar el día. A pesar de todo echó la postal y se llevó consigo las demás, con sus sellos correspondientes.

Cuando se disponía a abrir el coche, reparó en un deportivo aparcado cerca y se aproximó. Como es lógico, no tenía la llave puesta.

Abandonó la autopista por la siguiente salida. Se detuvo en la primera localidad, delante de la mejor casa. Tocó el timbre y llamó con los nudillos.

– ¿Hola? ¡Hola!

La puerta no estaba cerrada.

– ¿Hay alguien aquí? ¡Eh! ¡Hola!

Revisó todas las habitaciones. Ni personas, ni perros, ni canarios. Ni siquiera un insecto.



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