
Recorrió el lugar tocando el claxon hasta que el ruido se le antojó insoportable. Después inspeccionó la pensión del pueblo. Nadie.
Los lugares por los que lo llevó el azar a lo largo de las horas siguientes estaban alejados de las carreteras principales, consistían en un par de casas en ruinas, de manera que se preguntó si últimamente habría vivido alguien allí. No había hallado una farmacia. Tampoco un concesionario de coches. Lamentó no haber abandonado la autopista en las cercanías de una gran ciudad. Todo indicaba que se había perdido.
Siguiendo una inveterada costumbre, paró a la derecha. Tardó un rato en orientarse en el mapa de carreteras. Había ido a parar a Dunkelsteiner Wald. La próxima entrada en la autopista distaba más de veinte minutos. Quería ir allí, pues avanzaría más deprisa. Pero estaba cansado.
En el siguiente pueblo, que contaba al menos con una tienda de ultramarinos, buscó la casa de fachada más lujosa. Estaba cerrada. Sus tenazas volvieron a prestarle un buen servicio en una ventana. Encaramándose, se coló en el interior.
En la cocina halló un caja de aspirinas. Mientras el comprimido se disolvía ruidosamente en un vaso de agua, registró la casa. Estaba equipada con elegancia, con muebles oscuros de madera maciza. Reconoció algunas piezas. Pertenecían a la serie sueca del 99, con la que él mismo había hecho buenos negocios durante una temporada. En las paredes colgaban cornamentas. El suelo estaba cubierto con esas gruesas alfombras que ellos, en la oficina, denominaban «paraíso de los ácaros». Reconoció algunas. Nada barato, pero tampoco de buen gusto. Había juguetes esparcidos.
Volvió despacio a la cocina y se tomó la aspirina.
De regreso al cuarto de estar, cerró los ojos. Desde la cocina le llegaba el tictac amortiguado de un reloj. Por la chimenea descendía crepitando el hollín que el viento arrancaba de las rendijas. Olía a polvo, a madera, a tela mojada.
