
La escalera que desembocaba en el piso de arriba crujía. El primer piso albergaba los dormitorios. El primero pertenecía evidentemente a un niño. Tras la segunda puerta descubrió una cama de matrimonio.
Vaciló. Estaba tan cansado que se le cerraban los ojos. Se desnudó, obedeciendo a un impulso. Corrió las pesadas cortinas oscuras hasta que sólo la lamparita de la mesita de noche iluminó débilmente la estancia. Después de haberse cerciorado de que la puerta estaba cerrada con llave, se tumbó en la cama. Las sábanas eran suaves, la colcha de una tela de sorprendente delicadeza. En otras circunstancias se habría sentido a gusto.
Apagó la lámpara.
En la cabecera de la cama sonaba el tictac casi inaudible de un despertador. La almohada olía a una persona que Jonas nunca había conocido. Por encima de él, el viento atravesaba el entramado del tejado. El sonido del despertador suscitaba en él una extraña intimidad.
Se hundió en la oscuridad.
Se sentía más despejado que antes. Cuando se incorporó, su mirada cayó sobre las fotos con marco dorado colocadas en una vitrina. Fue a tientas hacia allí como un sonámbulo, apretando un pañuelo contra su nariz moqueante.
La primera mostraba a una mujer que rondaría la cuarentena. A pesar de que no sonreía, sus ojos traslucían jovialidad. No parecía el tipo de persona que viviera en una casa como ésa.
Se preguntó durante un rato qué profesión tendría. ¿Secretaria? ¿Empleada? ¿O era propietaria de una boutique en alguno de los pueblos más grandes de los alrededores?
En la segunda foto, el hombre. Algo mayor que ella. Bigote canoso, ojos oscuros de mirada penetrante. Parecía alguien que se pasara todo el día viajando en un todoterreno por su profesión.
Dos niños. El primero de ocho o nueve años, el segundo de unos meses. Ambos de aspecto ingenuo.
La imagen de la mujer le siguió hasta la vía de acceso a la autopista. Poco antes de Linz, cuando giraba los botones de la radio, recordaba a ratos esa casa. Después se concentró para no pasarse la salida.
