
– Vale. Eso está mejor.
Las palabras me salieron vacías, perdida la alegría que había surgido tan sólo un momento antes. Entreví un futuro plagado de hojas de calendario llenas de citas con el dentista, clases de arte los sábados por la mañana y reuniones de padres en el colegio extendiéndose hasta la eternidad.
Junto con ese pensamiento surgió otro. ¿Cómo me atrevía a quejarme? Yo había asumido esa responsabilidad. La había querido y había peleado por ella. Tan sólo unos pocos meses antes había contemplado la misma instantánea de mi futuro y me había sentido feliz. Ahora, a pesar de mi amor por Savannah, no podía negar esas ocasionales punzadas de resentimiento.
– Encontraremos una solución -dijo Lucas-. Mientras tanto, debería mencionar que he aprovechado un breve receso del tribunal para visitar algunas de las zonas de tiendas menos conocidas de Chicago y he encontrado algo que podría animarte. Un collar.
Sonreí con desgana.
– ¿Un amuleto?
– No, creo que es lo que llaman un nudo celta. De plata. Un diseño sencillo, pero elegante.
– ¡Ajá! Qué bien… Excelente.
– Mentirosa.
– No, en serio, yo… -Me interrumpí-. No es un collar, ¿verdad?
– Bueno, me han dicho de buena fuente que las joyas son el obsequio adecuado para expresar el afecto. Alguien podría argumentar que preferirías un hechizo excepcional, pero el empleado de la joyería me aseguró que todas las mujeres prefieren collares antes que viejos pergaminos.
Me puse boca abajo y sonreí.
– ¿Me has comprado un hechizo? ¿De qué clase? ¿De bruja? ¿De hechicero?
– Es una sorpresa.
– ¿Qué? -Me incorporé de un salto-. ¡Ni lo sueñes! No te atrevas…
