– Así esperarás con ganas mi regreso.

– Bueno, eso está muy bien, Cortez, porque sabe Dios que no esperaba ninguna otra cosa.

Se oyó una risa contenida.

– Mentirosa.

Me eché de nuevo en la cama.

– ¿Por qué no hacemos un trato? Tú me dices lo que hace el hechizo y yo te diré algo que te haga ilusión.

– Es tentador.

– Te lo voy a hacer más que tentador.

– No lo dudo.

– Bueno. Este es el trato. Yo te doy una lista de opciones. Si te gusta alguna, la tendrás cuando llegues a casa, si me cuentas lo del hechizo esta noche.

– Antes de que empieces, me veo obligado a advertirte que estoy más que resuelto a guardar el secreto. Para romper esa resolución hará falta algo más que una lista de ropa para lavar, por muy creativa que sea. La clave estará en los detalles.

Sonreí.

– ¿Estás solo?

– Eso no hay ni que preguntarlo. Ahora, si lo que quieres saber es si estoy en la habitación de mi hotel, la respuesta es sí.

Mi sonrisa se hizo más amplia.

– Bueno, entonces voy a darte todos los detalles que puedas aguantar.


* * *

Nunca llegué a averiguar en qué consistía el hechizo, probablemente porque, a los cinco minutos de conversación, ambos olvidamos lo que la había provocado, y cuando llegó el momento de cortar, me acurruqué bajo las mantas, olvidándome hasta de las más básicas rutinas de higiene nocturna, y enseguida me quedé dormida, siendo la curiosidad la única cosa que no me quedó satisfecha.

Antes muerte que deshonor

A la mañana siguiente, salté de la cama, dispuesta a comerme el mundo. Habría sido ésta una señal positiva si no hubiera hecho lo mismo todas las mañanas durante las últimas dos semanas. Me levantaba, fresca, decidida a que ése sería el día en que saldría del pozo.



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