
Esa mañana salí a correr todavía animada. Sabía que no iba a llegar a los tres kilómetros, teniendo en cuenta que nunca había superado el kilómetro y medio en toda mi carrera de deportista, que andaba en su quinta semana. A lo largo de los últimos dieciocho meses había advertido, en múltiples ocasiones, que mi estado físico dejaba mucho que desear. Con anterioridad, una buena partida de billar era la máxima actividad que realizaba. Si tuviera que correr para salvar la vida, seguro que me daba un infarto.
Puesto que estaba reinventándome a mí misma, me propuse hacer un poco de ejercicio todos los días. Y ya que Lucas corría, me pareció que ésa era la elección lógica. Todavía no se lo había dicho. No se lo diría hasta alcanzar la marca de los tres kilómetros. Entonces le diría: «Oh, a propósito, he empezado a correr hace unos días». Dios me libre de aceptar que no puedo conseguir cualquier cosa a la primera.
Esa mañana, rebasé finalmente el límite del kilómetro y medio. Es cierto que lo pasé por unos diez metros, más o menos, pero de cualquier modo era mi máximo logro personal, de modo que me di el capricho de un helado de regreso a casa.
Al doblar la última esquina, advertí dos figuras sospechosas que se encontraban de pie delante de mi edificio. Ambos llevaban trajes, lo que en mi barrio era muy sospechoso. Me fijé en si llevaban Biblias o enciclopedias, pero tenían las manos vacías. Uno contemplaba atentamente el edificio, esperando tal vez que se transformara en la sede de una gran corporación.
