Saqué las llaves del bolsillo. Mientras los miraba, dos niñas pasaron a su lado. Me pregunté por qué no estaban en el colegio -tonta pregunta en nuestro barrio, pero aún me hallaba en proceso de adaptación- y entonces me di cuenta de que las «niñas» tenían cuarenta años por lo menos. Mi error había surgido de la diferencia de tamaño. Los dos hombres sacaban a las mujeres unos treinta centímetros.

Ambos tenían pelo corto y oscuro, y un rostro de rasgos marcados bien afeitado. Ambos llevaban gafas Ray Ban. Ambos eran altos como secoyas. Si no hubiera habido entre ellos una diferencia de altura de dos o tres centímetros, habría jurado que eran gemelos idénticos. Aparte de eso, mi único modo de distinguirlos era por el color de las corbatas. Uno lucía una corbata roja; el otro, verde jade.

Cuando me acerqué, los dos se volvieron hacia mí.

– ¿Paige Winterbourne? -preguntó Corbata Roja.

Acorté el paso y mentalmente preparé un hechizo.

– Estamos buscando a Lucas Cortez -dijo Corbata Verde-. Nos envía su padre.

Mi corazón comenzó a latir a doble velocidad, y parpadeé para disimular mi sorpresa.

– ¿Su pa…? ¿Benicio?

– El mismo -respondió Corbata Roja.

Esbocé una sonrisa.

– Lo lamento, pero Lucas está en el tribunal hoy.

– Entonces, el señor Cortez desearía hablar con usted.

Se volvió a medias, orientando mi mirada hacia un enorme coche negro aparcado en la esquina, en la zona de estacionamiento prohibido. De modo que esos dos no eran mensajeros solamente; eran sus semidemonios guardaespaldas personales.

– ¿Benicio quiere hablar conmigo? -pregunté-. Muy honrada. Díganle que suba. Voy a preparar la tetera.

La boca de Corbata Roja se contrajo.

– Él no va a subir. Usted va a ir hasta el coche.



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