– ¿En serio? Vaya, usted debe de ser uno de esos semidemonios médiums. Nunca me había topado con ninguno.

– El señor Cortez quiere que usted…

Levanté una mano para interrumpirlo. Mi mano apenas le llegaba a la altura del ombligo. Es algo que asusta si uno lo piensa. Por fortuna, yo no lo pensé.

– Verán -dije-. ¿Que Benicio quiere hablar conmigo? Muy bien, pero dado que yo no he solicitado esta audiencia, será él quien venga a donde estoy yo.

Las cejas de Corbata Verde se alzaron por encima de sus gafas.

– Eso no es… -comenzó a decir Corbata Roja.

– Ustedes son mensajeros. Les he dado un mensaje. Ahora entréguenlo.

Como ninguno de los dos se movía, lancé un hechizo en silencio y moví mis dedos hacia ellos indicándoles que se alejaran.

– Ya lo han oído. ¡Fuera!

Al mover yo los dedos, ellos retrocedieron tambaleándose. Las cejas de Corbata Verde se enarcaron más aún. Corbata Roja recuperó el equilibrio y me dedicó una mirada furibunda, como si quisiera lanzarme una bola de fuego, o lo que fuese su especialidad demoníaca. Antes de que pudiese actuar, Corbata Verde le miró e hizo una seña con el mentón en dirección al coche. Corbata Roja se conformó con lanzarme otra mirada furiosa y echó a andar dando zancadas.

Alargué el brazo para agarrar el picaporte. Al abrirse la puerta, una mano me cogió la cabeza. Miré hacia arriba y vi al guardaespaldas que llevaba la corbata verde. Supuse que iba a mantener la puerta cerrada para que yo no pudiese escaparme, pero en cambio la abrió y la mantuvo abierta para que yo pasara. Entré. Él me siguió. A esas alturas, cualquier mujer en su sano juicio habría salido corriendo. Por lo menos, habría girado sobre sus talones y regresado a la calle, a un lugar público. Pero yo estaba hastiada y el hastío tiene un efecto negativo sobre mi sensatez.

Abrí la segunda puerta. Esta vez, la mantuve abierta para que él pasara. Caminamos en silencio hacia el ascensor.



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