– ¿Sube? -pregunté.

Él apretó el botón. Cuando se oyó el sonido que producía el movimiento del ascensor, flaqueé en mi resolución. Iba a meterme en un lugar pequeño y cerrado con un semidemonio que era literalmente dos veces mi tamaño. Había visto demasiadas películas para no saber cómo podía terminar aquello.

¿Pero qué otras alternativas tenía? Si echaba a correr, sería exactamente lo que ellos esperaban: una tímida bruja asustadiza. Nada que pudiera hacer en el futuro podría borrar eso jamás. Por otro lado, podía entrar en el ascensor y no salir nunca caminando de él. ¿Muerte o deshonor? Para ciertas personas, realmente no hay elección.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, entré en él.

El semidemonio me siguió. Al cerrarse las puertas, se quitó las gafas de sol. Sus ojos eran de un azul tan frío que hicieron que se me erizara el vello de los brazos. El apretó el botón de «stop». El ascensor hizo un ruido y se detuvo.

– ¿Ha visto usted alguna vez esta escena en alguna película? -preguntó.

Miré a mi alrededor.

– Ahora que lo menciona, creo que sí.

– ¿Sabe lo que ocurre a continuación?

Dije que sí con la cabeza.

– El grandote malo ataca a la indefensa y joven heroína, que repentinamente revela poderes inimaginables hasta ese momento, que ella utiliza no sólo para mantener a raya a su agresor, sino para dejarlo convertido en un guiñapo sangriento. Entonces ella escapa -moví la cabeza hacia atrás- por ese oportuno hueco y trepa por los cables. El malo recobra la conciencia y ataca, tras lo cual ella se ve forzada, contra su propio código moral, a cortar el cable con una bola de fuego y a enviarlo a él a una muerte segura.

– ¿Eso es lo que ocurre?

– Seguro. ¿No ha visto usted esta?

Los labios del hombre esbozaron una sonrisa, descongelando su mirada de hielo.



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