– Sí, puede que la haya visto. -Se apoyó en la pared-. Bueno, ¿qué tal está Robert Vasic?

Parpadeé, sobresaltada.

– Eeeh, bien…, muy bien.

– ¿Sigue dando clase en Stanford?

– Esto…, sí. Media jornada.

– Un semidemonio profesor de demonología. Siempre me ha gustado eso -dijo con una sonrisa-. Aunque me gustaba más cuando era un sacerdote semidemonio. Ya no quedan muchos. La próxima vez que vea a Robert dígale que Troy Morgan le manda saludos.

– Se…, se los daré.

– La última vez que vi a Robert, Adam era todavía un niño. Jugaba al béisbol en el patio de atrás. Cuando me enteré de con quién salía Lucas, pensé: ésa es la chica de los Winterbourne. La amiga de Adam. Entonces me dije, vaya, ¿qué edad tendrá ella, diecisiete, dieciocho?

– Veintitrés.

– Vaya, me estoy haciendo viejo. -Troy movió la cabeza de un lado al otro. Luego me miró a los ojos-. El señor Cortez no se va a ir hasta que usted hable con él, Paige.

– ¿Qué es lo que quiere?

Troy arqueó las cejas.

– ¿Cree usted que me lo diría? Si Benicio Cortez quiere entregar un mensaje en persona, entonces es personal. De lo contrario, se ahorraría el viaje y enviaría a algún lacayo hechicero. En cualquier caso los guardaespaldas semidemonios no se enteran. Lo único que sé es que realmente quiere hablar con usted, hasta el punto de que si usted insiste en invitarlo a subir, vendrá. La pregunta es: ¿usted está de acuerdo? No hay riesgo. Yo puedo subir y quedarme de guardia, si usted quiere, pero si usted se siente más cómoda en un lugar público, se lo diré.

– No, está bien -dije-. Lo veré si sube al apartamento.

Troy asintió.

– Subirá.

Un ofrecimiento que puedo rehusar

Desde el momento en que entré en mi apartamento, tuve que apretar los puños para no cerrar la puerta y echar el cerrojo. Iba a conocer a Benicio Cortez. Y para mi vergüenza, tenía miedo.



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