
Benicio Cortez era la cabeza suprema de la Camarilla Cortez. La comparación entre las camarillas y la mafia era tan vieja como el mismo crimen organizado. Pero era una mala analogía. Comparar a las pandillas con una Camarilla era como comparar a una banda de neonazis adolescentes con la Gestapo. Y sin embargo yo temía encontrarme con Benicio, no porque fuera el CEO de la Camarilla más poderosa del mundo, sino porque se trataba del padre de Lucas. Todo lo que era Lucas, y todo lo que temía llegar a ser, estaba encarnado en ese hombre.
Cuando supe por primera vez quién era Lucas, supuse que, habiendo consagrado su vida a combatir a las camarillas, Lucas no tendría ningún contacto con su padre. Pronto advertí que el asunto no era tan simple. Benicio llamaba por teléfono. Enviaba regalos de cumpleaños. Invitaba a Lucas a todas las reuniones familiares. Actuaba como si no hubiera ninguna desavenencia. Y ni siquiera su hijo parecía comprender por qué actuaba así. Cuando sonaba el teléfono y el número de Benicio aparecía en el identificador de llamadas, Lucas solía quedarse de pie delante del aparato y contemplarlo largamente, y en sus ojos yo veía un conflicto que no podía imaginar. A veces respondía. A veces no. En cualquiera de los dos casos, parecía lamentar la decisión tomada.
De modo que estaba a punto de conocer a ese hombre. ¿Qué era lo que verdaderamente temía? No estar a su altura. Que Benicio me echara una sola mirada y decidiera que yo no era suficientemente buena para su hijo. ¿Y lo peor de todo? Que en este momento yo no estaba segura de que Benicio estuviese en un error.
Se oyó un solo golpecito en la puerta.
Respiré profundamente, caminé hacia ella y la abrí. Al ver al hombre que estaba allí de pie, el corazón se me subió a la garganta. Durante unos instantes, tuve la certeza de haber sido engañada, de que ése no era Benicio sino uno de sus hijos -el hijo que había ordenado mi muerte cuatro meses antes.
