Me habían drogado y, al recobrar la conciencia, lo primero que vi fueron los ojos de Lucas -una espeluznante versión de los mismos, aquel marrón oscuro de algún modo era más frío que el azul gélido de la mirada de Troy Morgan. No había sabido cuál de los hermanastros de Lucas había sido. Aún lo ignoraba, pues nunca le había contado a Lucas lo ocurrido. Pero, ahora, al mirar aquellos ojos, el acero de mi columna vertebral se convirtió en mercurio y tuve que asirme del picaporte para mantenerme firme.

– Señorita Winterbourne.

Cuando habló, me di cuenta de que me había equivocado. La voz de aquel día la tenía grabada en la cabeza: palabras cortantes, proferidas en staccato, amargas. Esta voz tenía la suavidad del terciopelo, era la de un hombre que nunca había tenido que gritar para atraer la atención de nadie. Cuando lo invité a entrar, una mirada más detenida confirmó mi error. El hijo que yo había conocido andaría por los cuarenta y pocos, y este hombre era veinte años mayor. Sin embargo, se trataba de un error comprensible. Si se suavizaran algunas de las profundas arrugas de este rostro, Benicio sería el vivo retrato de ese hijo. Ambos hombres eran anchos de espaldas, fornidos y de poco más de un metro setenta de estatura, en contraste con el físico de Lucas, alto y delgado como una barra de acero.

– Conocí a su madre -dijo Benicio mientras cruzaba la habitación. Nada de «Era una buena mujer» o «Lamento su pérdida» se oyó a continuación. Tan sólo ese enunciado, tan desprovisto de emoción como su mirada. Sus ojos recorrieron la habitación, observando el mobiliario de segunda mano y las paredes vacías. Una parte de mí deseaba explicárselo, y otra parte se horrorizaba ante ese impulso. No le debía ninguna explicación a ese hombre.

Benicio se detuvo ante el sofá, que estaba en perfecto estado de uso, aunque desgastado. Lo miró como si se preguntara si podría ensuciarle el traje. A esas alturas, un atisbo de la antigua Paige emergió a la superficie.



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