Cuando terminó de hablar, sentí un estremecimiento de satisfacción. Pero de inmediato me invadió una oleada de vergüenza. ¡Dios mío! ¿Era acaso tan transparente? ¿Bastaba con que me lanzaran unas huecas palabras de alabanza para que meneara la cola como un cachorrito feliz? Acabábamos de conocernos y Benicio ya sabía qué botones apretar.

– ¿Cuándo fue la última vez que Lucas trabajó para usted? -pregunté.

– No se trata de ningún trabajo para mí. Sencillamente le estoy pasando un caso que creo puede interesar a mi hijo…

– ¿Y cuándo fue la última vez que intentó usted algo similar? Fue en agosto, ¿verdad? ¿Algo concerniente a un sacerdote vudú en Colorado? Lucas lo rechazó de plano como hace siempre.

A Benicio se le crispó una mejilla.

– ¿Qué? -pregunté-. ¿Acaso creyó que Lucas no me lo contaría? Como si él no me contara que usted le trae un caso cada pocos meses, ya sea para perjudicar a las otras camarillas o para convencerlo de que haga algo a petición suya. Él no está seguro de qué se propone con ello. Yo supongo que ambas cosas.

Esperó un momento. Luego me miró a los ojos.

– Este caso es diferente.

– Claro, seguro.

– Tiene que ver con la hija de uno de nuestros empleados -dijo-. Una niña de quince años que se llama Dana MacArthur.

Abrí la boca para replicar, pero no pude. En el momento en que dijo «niña de quince años» tenía que oír el resto.

Benicio continuó.

– Hace tres noches alguien la atacó mientras caminaba por un parque. La estrangularon, la colgaron de un árbol y la dieron por muerta.

Se me revolvieron las tripas.

– ¿Está…? -Traté de que me saliera la última palabra pero no pude.

– Está viva. En coma, pero viva. -Su voz se suavizó y los ojos reflejaron pena e indignación a partes iguales-. Dana no ha sido la primera.



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