Mientras él esperaba que yo hiciera la pregunta obvia, me la tragué y obligué a mi cerebro a que tomara otro camino.

– Lo lamento -dije, esforzándome por mantener la voz firme-. Espero que se recupere. Y que encuentre usted al responsable. Yo no puedo ayudarlo, y estoy segura de que Lucas tampoco. Pero le transmitiré el mensaje.

Comencé a caminar hacia el vestíbulo.

Benicio no se movió.

– Hay otra cosa que debería saber.

Me mordí los labios. No preguntes. No te dejes atrapar. No…

– La joven -continuó-, Dana MacArthur, es una bruja.

Durante un momento nos miramos fijamente el uno al otro. Entonces desvié la mirada, caminé a grandes pasos hasta la puerta y la abrí de un golpe.

– ¡Váyase! -dije.

Y, para mi sorpresa, se fue.


* * *

Pasé la siguiente media hora tratando de codificar un formulario de respuesta al consumidor para un cliente de una página web. Un asunto simple, pero no conseguía hacerlo, probablemente porque el noventa por ciento de mi cerebro no dejaba de darle vueltas a lo que Benicio me había contado. Una bruja adolescente. Estrangulada y colgada de un árbol. En coma. ¿Tenía eso algo que ver con el hecho de que fuera bruja? Benicio había dicho que no era la primera. ¿Había alguien persiguiendo brujas? ¿Asesinando brujas?

Me froté los ojos con las manos y deseé no haberle permitido nunca a Benicio entrar en nuestro apartamento. En el momento mismo en que lo pensaba, me di cuenta de que no merecía la pena. De una u otra manera, él se habría asegurado de que yo me enterase del caso de Dana MacArthur. Después de todos estos años de traerle casos a Lucas, había encontrado uno perfecto, y no habría cejado hasta que nos hubiéramos enterado del mismo.

Un leve crujido desde la cocina interrumpió mis reflexiones. Mi primer pensamiento fue: «Hay ratones», seguido de «Lo que me faltaba». Entonces, la tabla floja del suelo que había junto a la mesa crujió, y supe que fuera lo que fuese lo que estaba en la cocina era mucho más grande que un roedor.



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