
¿Había echado el cerrojo? ¿Había lanzado el hechizo de la cerradura? No lo recordaba, pero suponía que de alguna manera la visita de Benicio me había abrumado tanto que me había olvidado de semejantes trivialidades. Mentalmente preparé dos hechizos, uno para vérmelas con un intruso humano y otro, más fuerte, para la variedad sobrenatural. Entonces me levanté de la silla y me deslicé hacia la cocina.
Se oyó un estrépito de platos y, acto seguido, una imprecación. No, en el mismo momento en que reconocí la voz, advertí que no se trataba de una imprecación, sino, sencillamente, de una manifestación de enojo. Donde cualquiera habría dicho entre dientes «mierda» o «maldición», esta persona nunca emitía ni siquiera una mala palabra sin considerar antes si era o no apropiada para la situación.
Sonreí y eché una mirada furtiva. Lucas llevaba aún la ropa que usaba en el tribunal: un traje gris oscuro y una corbata igualmente sombría. Un mes antes, Savannah le había comprado una corbata de seda verde, un toque de color que, según dijo, le hacía mucha falta. Desde entonces, él había salido tres veces de viaje, las tres llevándose consigo la corbata, pero yo estaba segura de que no se la había puesto nunca.
En lo que se refería a su aspecto, Lucas prefería el disfraz de la invisibilidad. Con gafas de montura metálica, pelo corto oscuro y un rostro sin rasgos llamativos, Lucas Cortez no necesitaba ningún hechizo para pasar desapercibido en cualquier sitio.
Se esforzaba en no hacer ruido ni dejarse ver mientras vertía en tazas el café que había traído en dos vasos de cartón.
– ¿Haciendo novillos, abogado? -pregunté, apareciendo en la cocina.
Cualquier otro habría dado un respingo. Lucas sólo pestañeó y luego me miró, curvados los labios en el pliegue que yo había aprendido a interpretar como una sonrisa.
