
– Me apetecía sorprenderte con un tentempié de media mañana, nada más.
– No tenías que hacer eso para sorprenderme. ¿Qué ha pasado con tu caso?
– Tras la debacle con el nigromante, el fiscal trató de conseguir un receso de veinticuatro horas para buscar a un testigo de última hora. Al principio me mostré reacio, porque quería terminar el asunto lo antes posible, pero tras hablar contigo anoche pensé que tal vez no te opondrías a una visita inesperada. De modo que decidí ser magnánimo y aceptar la palabra del demandante.
– ¿No perjudicará tu caso si encuentran a su testigo?
– No lo harán. Está muerto. Uso indebido de un enjambre de fuego.
– ¿Arma de fuego?
– No, enjambre de fuego.
Moví la cabeza a un lado y a otro y me senté a la mesa. Lucas puso dos panecillos en un plato y se lo trajo. Esperé hasta que comiera su primer bocado.
– Muy bien, morderé el anzuelo. ¿Qué es un enjambre de fuego? ¿Y qué le hizo a tu testigo?
– No es mi testi…
Le tiré mi servilleta.
Su cuarto de sonrisa se convirtió en una sonrisa entera y se dispuso a contarme la historia. Tiene su ventaja ser abogado de los sobrenaturales. El salario es escaso y la clientela puede ser mortífera, pero siempre que se toman acontecimientos sobrenaturales y se trata de presentarlos en un tribunal humano surgen necesariamente grandes historias. Esta vez, sin embargo, ninguna, por más entretenida que pudiera ser, podría distraerme de lo que me había dicho Benicio. Poco después de las primeras frases Lucas se interrumpió.
– Cuéntame lo que ocurrió anoche -me pidió.
– ¿Anoche? -Poco a poco logré centrarme-. Ah, lo del Aquelarre. Bueno, yo solté mi perorata, pero era evidente que estaban más interesadas en no perder la reserva que habían hecho para la cena.
