Su mirada buscó la mía.

– Pero no es eso lo que te preocupa, ¿verdad?

Vacilé un momento.

– Tu padre ha estado aquí esta mañana temprano.

Lucas se puso tenso y sus dedos apretaron la servilleta con fuerza. Me escudriñó la mirada, tratando de encontrar alguna señal de que estuviera gastándole una broma pesada.

– Primero mandó a sus guardaespaldas -afirmé-. Al parecer te buscaba a ti, pero cuando dije que no estabas, se empeñó en hablar conmigo. Pensé que era mejor permitírselo. No estaba segura…, nunca habíamos discutido sobre lo que yo debía hacer en caso de…

– Porque no tendría que haber ocurrido. Cuando supo que yo no estaba aquí, no debería haber insistido en hablar contigo. Me sorprende que no supiera… -Se interrumpió, y me miró a los ojos-. Él sabía que yo no estaba, ¿no es cierto?

– Esto…, en realidad no estoy segura.

Lucas torció el gesto. Echó atrás su silla, se dirigió a grandes pasos al vestíbulo y sacó bruscamente el teléfono móvil de uno de los bolsillos de su chaqueta. Antes de que pudiera marcar, me acerqué al vestíbulo y levanté una mano para detenerlo.

– Si vas a llamarlo, será mejor que te cuente lo que quería, porque si no va a pensar que yo me he negado a transmitirte su mensaje.

– Sí, por supuesto.

Lucas guardó el teléfono en el bolsillo y luego se pellizcó el puente de la nariz, levantándose las gafas al mismo tiempo.

– Lo lamento mucho, Paige. Esto no tendría que haber ocurrido. Si se me hubiera pasado por la cabeza que él podría venir aquí, te habría prevenido; se suponía que nadie de la organización de mi padre debía ponerse en contacto contigo ni con Savannah. Me dio su palabra…

– Se comportó muy bien -dije, esbozando una sonrisa-. Fue breve y amable. Sólo quería que yo te dijese que tenía otro de esos casos que podía interesarnos…, bueno, interesarte.



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