– ¿Dana? ¿Eres Dana MacArthur, cielo?

Un «Sí» apagado.

– Muy bien, ahora quiero pedirte que busques un lugar…

La línea se cortó.

– ¡Maldición! -dijo Gloria.

– El equipo de Atlanta acaba de llamar -dijo Simon-. El equipo de emergencia médica llegará allí dentro de diez minutos. ¿Quién es?

Gloria señaló su pantalla con una mano. Simon se inclinó para mirar la foto. Una adolescente le sonreía.

– ¡Mierda! -exclamó-. ¡Otro más no!


* * *

El conductor viró el todoterreno, entró en el parque y apagó las luces. Dennis Malone contempló la noche encapotada a través de la ventanilla. Se volvió para decirle a Simon que necesitarían una buena iluminación, y vio que el técnico del escenario del crimen ponía pilas nuevas a su linterna. Dennis hizo un gesto de aprobación, contuvo un bostezo y bajó la ventanilla para respirar aire fresco. En el avión, se había cargado de cafeína, pero no estaba surtiendo efecto. Empezaba a sentirse viejo para esas cosas. Pero en cuanto se le cruzó esa idea por la cabeza, la desechó con una sonrisa. El día en que se rindiera sería también el día en que lo encontrarían frío y rígido en la cama.

Tenía el mejor empleo que un policía podía desear. Jefe de la mejor unidad de investigación del país, con los recursos y los fondos con los que sus antiguos colegas del FBI sólo podían soñar. Y no solamente tenía que resolver crímenes, tenía que urdirlos. Cuando los Cortez necesitaban deshacerse de alguien, recurrían a Dennis, y, junto con su equipo, él organizaba el crimen perfecto, un crimen que dejaba perplejas a las autoridades. Ésa era la mejor parte de su trabajo. Lo que estaba haciendo esa noche era la peor. Dos en una semana. Dennis se decía que era una coincidencia, ataques casuales que nada tenían que ver con la Camarilla misma. La alternativa…, bueno, nadie quería considerar la alternativa.



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