
El todoterreno se detuvo.
– Ahí -dijo el conductor, señalando-. A la izquierda, detrás de esos árboles.
Dennis abrió la puerta de golpe y se apeó del coche. Giró varias veces los hombros para desentumecerlos mientras inspeccionaba el lugar. No había nada que ver. Ni cintas que delimitaran el lugar del crimen, ni equipos de televisión, ni siquiera una ambulancia. Los técnicos de emergencias médicas de la Camarilla ya habían estado y se habían ido, llegados silenciosamente en un vehículo camuflado para dirigirse después a toda marcha, en la oscuridad de la noche, al aeropuerto donde habían depositado a su pasajera en el mismo jet que había traído a Dennis y Simon a Atlanta.
Más allá, junto a un bosquecillo, una linterna emitía señales intermitentes.
– Malone -dijo Dennis-. División Miami Sur.
La luz siguió encendida y un hombre rubio y corpulento se acercó. Un tipo nuevo, recientemente venido de la Camarilla St. Cloud. ¿Jim? ¿John?
Los saludos no fueron más que un breve intercambio de «holas». Sólo les quedaban unas pocas horas hasta que rompiera el día, y mucho trabajo que hacer mientras tanto. Jim y el chófer que los había traído desde el aeropuerto estaban capacitados para ayudar a Dennis y a Simon, pero de cualquier manera examinar el escenario del crimen les exigiría todos los minutos de las horas que quedaban.
Simon se puso detrás de Dennis, con la cámara en una mano y la luz en la otra. Le pasó la luz al conductor -Kyle se llamaba, ¿verdad?- y le señaló adónde quería que la dirigiera. Entonces comenzó a tomar fotografías. A Dennis le llevó un momento ver qué era lo que fotografiaba Simon. Ésa era una de las ventajas de tener técnicos en criminología que fueran chamanes: se los ponía en el lugar de los hechos e instintivamente captaban las ondas de violencia y sabían por dónde empezar a trabajar.
