– Quizás deberíamos establecer la naturaleza exacta de su petición -dijo Lucas-. ¿Mi padre dijo que podía ser notificado o que debía ser notificado?

– Que debía, señor -respondió-. Fue muy claro en eso. -Dirigió una mirada de soslayo a William-. Muy claro.

– Entonces estoy seguro de que ni William ni yo queremos crearle a usted ningún problema. Por favor, comuníquele que he llegado, pero dígale que no estoy aquí por ningún asunto de urgencia, de modo que puedo esperar hasta que termine la reunión.

La recepcionista suspiró con alivio, dijo que sí con la cabeza y levantó el teléfono. Mientras ella llamaba, Lucas me llevó hasta William, que estaba todavía junto al archivador.

– William -dijo Lucas, bajando la voz-. Me gustaría presentarte…

William cerró el cajón de golpe, interrumpiendo sus palabras. Cogió un montón de carpetas y se las puso bajo el brazo.

– Estoy ocupado, Lucas. Aquí algunos trabajamos.

Giró sobre sus talones y salió a grandes pasos por la puerta principal.

– ¿Señor Cortez? -dijo la recepcionista desde su escritorio-. Su padre saldrá enseguida. Desea que le espere en su oficina.

Lucas le dio las gracias y me condujo por el salón hasta las puertas dobles de vidrio oscurecido que se hallaban en el extremo. Antes de que llegáramos a ellas, se abrió una puerta a nuestra izquierda y tres hombres vestidos con trajes propios de los niveles ejecutivos intermedios salieron por ella y enseguida se detuvieron para contemplar con asombro a Lucas. Recuperando rápidamente la compostura, ofrecieron bienvenidas y apretones de mano al príncipe de la corona, con saludos que estaban a un pelo de caer en la reverencia. Con disimulo, le eché una mirada a Lucas. Para alguien que normalmente pasaba desapercibido por la vida, ¿cómo se sentía allí al ser reconocido por todo el mundo, y encontrarse con vicepresidentes que lo doblaban en edad y que caían casi de rodillas para presentarle sus respetos?



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