
Siguiendo el ángulo de la lente de la cámara de Simon, Dennis levantó la vista y vio una soga que colgaba de una rama, con el extremo cortado. Otro trozo estaba en el suelo, donde los técnicos de emergencias médicas lo habían retirado de la garganta de la muchacha.
– Tardé en encontrarla -dijo Jim-. Si hubiera sido un poco más rápido…
– Está viva -respondió Dennis-. Si no hubieras actuado con esa rapidez, no lo estaría.
Su teléfono móvil vibró. Lo sacó del bolsillo. Un mensaje de texto.
– ¿Le has dado la última información al señor Cortez? -le preguntó a Jim-. Aún no ha recibido ningún informe desde el lugar de los hechos.
Por la expresión de Jim, Dennis supo que todavía no lo había enviado. En el caso de la Camarilla St. Cloud probablemente no se telefoneaba a nadie de la familia a las tres de la madrugada a menos que la Bolsa de Tokio se acabara de desplomar. Pero no era así cuando se trabajaba para los Cortez.
– Ya has rellenado una planilla de informe preliminar, ¿no es cierto? -preguntó Dennis.
Jim afirmó con la cabeza mientras buscaba con torpeza en los bolsillos su agenda electrónica.
– Bueno, envíaselo de inmediato al Sr. Cortez. Lo está esperando para informar al padre de Dana, y no puede hacerlo hasta que conozca los detalles.
– ¿El señor…? ¿Qué señor Cortez?
– Benicio -murmuró Simon mientras continuaba sacando fotos-. Se lo tienes que enviar a Benicio.
– ¿Eh? Ah, bueno.
Mientras Jim transmitía el informe, Simon retrocedió para fotografiar la soga que estaba en el suelo. La sangre veteaba la parte inferior del rollo, y Dennis se estremeció, imaginándose a su nieta allí tirada. Se suponía que esas cosas no ocurrían. Desde luego no a los chicos de las camarillas. Si trabajabas para una camarilla, tus chicos estaban protegidos.
