
– En la clínica Marsh -contestó Benicio.
– Es un hospital privado para los empleados de la Camarilla -explicó Lucas-. Aquí, en Miami.
– ¿Y su madre está con ella? -pregunté.
Benicio negó con la cabeza.
– Desgraciadamente, a la señora MacArthur le ha sido… imposible venir a Miami. Esperamos, sin embargo, que cambie su punto de vista.
– ¿Que cambie su punto de vista? ¿Cuál es el problema? Si no puede pagar el pasaje aéreo, ciertamente espero que alguien pueda…
– Le hemos ofrecido tanto un vuelo comercial como nuestro jet privado. La señora MacArthur tiene ciertas… reservas respecto a viajar en avión en este momento.
Al escuchar un ruido que provenía del otro extremo de la mesa, deslicé la mirada por la fila de rostros hasta llegar al más joven de los asistentes, un hechicero que tendría treinta y tantos años. Él me la devolvió con una sonrisa petulante. Benicio lo miró con severidad, y la sonrisa se transformó en una tos.
– Reservas respecto a viajar en avión -dije despacio, tratando de entender la idea de que una bruja dejara que algo, fuere lo que fuere, le impidiese correr al lugar donde se encontraba su hija enferma-. Eso no es muy raro hoy en día, supongo. Tal vez un pasaje en autobús…
El hechicero de la sonrisa afectada intervino.
– No quiere venir.
– Ha habido un cierto distanciamiento entre Dana y su madre -dijo Benicio-. Dana vivía por su cuenta en Atlanta.
– ¿Por su cuenta? ¿Tiene quince…
Me interrumpí, súbitamente consciente de que doce pares de ojos estaban concentrados en mí. No podía imaginar nada más humillante para una bruja que eso, hallarse sentada en una habitación llena de hechiceros que le decían que una de su propia raza, una raza que se precia de sus vínculos familiares, había permitido que su hija adolescente viviese en las calles. No sólo eso, sino que ni siquiera se había preocupado en venir a donde estaba su hija cuando ésta se encontraba en estado de coma y sola en un hospital de la Camarilla. Era inconcebible.
