– Puede que si yo hablara con ella… -dije-. Podría haber un malentendido.

– O podríamos estar mintiendo -dijo un hechicero-. Aquí está mi teléfono móvil. ¿Alguien tiene el número de Lyndsay MacArthur? Que la bruja…

– Basta -soltó Benicio, con una voz tan cortante que habría servido para tallar diamantes. Yo había oído ya ese tono… en boca de su hijo.

– Puedes retirarte, Jared.

– Solamente estaba…

– Puedes retirarte.

El hechicero se retiró. Me esforcé por pensar en la forma de defender a mi raza. Lucas me apretó la rodilla con una mano. Lo miré, pero él se había vuelto hacia la mesa y abría ya la boca para hablar por mí. Lo interrumpí rápidamente. Por mucho que deseara su apoyo, lo único que podía empeorar las cosas era que él saliera en mi defensa.

– ¿El padre de Dana está al tanto de la situación? -pregunté.

Benicio negó con la cabeza.

– Randy lleva en Europa desde la primavera. Si él hubiese sabido del distanciamiento entre Dana y su madre, habría solicitado permiso para volver a casa.

– Me refiero al ataque. ¿Lo sabe?

Volvió a negar con la cabeza.

– En este momento está en un lugar muy inestable. Hemos intentado ponernos en contacto con él por teléfono, por email y por telepatía, pero no hemos conseguido hacerle llegar la noticia. Confiamos en que esté de vuelta en una ciudad importante en el transcurso de la semana.

– Bien. De acuerdo. Volvamos al caso, entonces. Me imagino que estamos aquí porque ustedes quieren encontrar al agresor de Dana.

– Encontrarlo y castigarlo.

De algún modo, puse en duda que el castigo fuera a involucrar a las autoridades locales, y después de haber oído lo que le había ocurrido a Dana, tampoco me importó.



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